El novelista es un blog creado tanto para escritores/as como para lectores/as.

Tiene la finalidad de crear un cóctel de microrrelatos, de distintos géneros, creando así una comunidad de relatos cortos para cualquier lector/a.

10.5.11


Ella era su Reina, y ella lo sabía. Él vivía por ella, cada respiración, cada latido de su corazón, cada beso, cada caricia...todo era de Su propiedad. Y ella lo sabía. Se dejaba amar, bebía de sus palabras de amor, respondía a sus caricias, a sus besos...pero siempre estaba distante, en un desconocido lugar al que él no podía acceder. Esto le frustraba. Necesitaba llegar hasta ella, hasta ese lugar donde ella se refugiaba, donde huía del mundo que le rodeaba, hasta en los momentos más hermosos de la vida. ¿Temía a la vida, al amor, a él? Siempre que le preguntaba, ella, con una sonrisa hermosa pero triste, permanecía en silencio, buceando en sus ojos, pero nunca con una respuesta. Pasaron los años y aquel joven amor floreció ante los ojos de los enamorados. Y como los árboles maduros, dio sus frutos. Tuvieron una hermosa niña, de ojos grandes y claros como su madre, pero poblados de una luz inexistente en los de su progenitora. Él sabía que algo pasaba, algo que siempre estaba ahí, y que le ponía de mal humor, jamás podría saber qué le ocurría a la dueña de su corazón. Ella estaba allí, con ellos, sonreía cuando la pequeña reía y se preocupaba cuando esta lloraba, pero siempre desde una distancia insalvable. A veces llegaba a pensar que ella no pertenecía a este mundo, que ella se encontraba más allá, alejada de ellos, de su familia. No fue hasta el día que la encontró en el borde de la terraza de su hogar, sentada con los pies colgando al vacío de la cornisa, el viento levantando su vestido y la expresión perdida de sus ojos, que entendió que aquello era realmente grave. Con sigilo y delicadeza, se sentó a su lado. “Las vistas son hermosas, ¿no es cierto?” suspiró ella con melancolía. Él la abrazó con fuerza, ella le correspondió con suavidad, y le acarició el cabello. “Te quiero, te queremos, lo sabes, ¿no es cierto?” Ella solo asintió distraída, con la mirada ausente. Él la tomó entre sus brazos y la llevó hasta el dormitorio. La tumbó en la cama y se recosstó a su lado en silencio. Poco a poco recorrió su cuerpo con una infinita mirada de amor. A sus miradas, le siguieron tiernas caricias de amor, a las que el cuerpo, que no el alma, de su amada respondían. Con lágrimas en los ojos, se hicieron uno, aunque él sintiera que ella no estaba allí, y que día a día iba alejándose más y más de él... Al día siguiente acudieron a un especialista. Pero este no supo decirle la causa de su mal. No era ninguna enfermedad, no era algo que pudiera o necesitase curarse. Era algo más...
Tres noches después, despertó envuelto en sudor. La cama estaba vacía. Con una sensación de malestar creciente, se levantó y se asomó a la terraza del piso superior. Sí, allí estaba de nuevo, mirando al horizonte. Subió las escaleras con rapidez y salió a la terraza. A tres pasos de ella, esta levantó la mano y le indicó que se detuviera. “Es realmente hermosa, ¿verdad?” “No tanto como tú, mi amor” le contestó él con dulzura. Ella volvió de nuevo la mirada hacia el gran astro, que hoy se encontraba en su mayor tamaño, irradiando una hermosa luz por el jardín. Se levantó con delicadeza y lentitud. Él hizo ademán de acercare, pero ella se giró hacia él y le indicó que se detuviera. Una idea parecía haberse adueñado de ella, una idea que le hacía realmente feliz, que le provocó una hermosa sonrisa. Él suspiró aliviado. Pero ella se giró de nuevo hacia el vacío y con una última mirada hacia el astro, se arrojó...
Él gritó y corrió angustiado...pero no llegó a tiempo. Su corazón se partió en dos...la luz de su vida, su amada, su ángel, su ser más querido...yacía en el césped, pero su luz ya no estaba. La había abandonado.
“Ella era muy guapa, ¿Verdad? Mi madre...” respuso ella con los ojos brillantes contemplando el cuadro del salón. Él alzó la vista y contempló el retrato que él mismo había pintado doce años atrás. El día siguiente de su muerte...En él ella aparecía sentada en el borde de una terraza, la mirada alzada hacía la luna, que la iluminaba con su luz, haciendo refulgir sus cabellos, sus ojos, su maravillosa sonrisa... “Sí, sí que lo era cariño” contestó él acariciando a la pequeña en la cabeza. Algún día volverían a reunirse, y él lo sabía, en su Palacio de Cristal de Luna...


Escrito por: Juani W.

No hay comentarios:

Publicar un comentario